Wednesday, January 11, 2012

El Bosque

Abrí los ojos y me encontré en un lecho de hierba fresca y húmeda. Notaba el sol calentándome los huesos, pero a la vez corría una suave brisa que junto con las gotas de rocío hacía que todo el cuerpo se me estremeciera con un placentero cosquilleo. No quería moverme de ahí. Quería pasar el resto de mis días  encima de eso que parecía ser musgo. Pero había algo más. Algo me estaba llamando. Una leve melodía que la fresca brisa se ocupaba de hacer llegar a todos los rincones del bosque, pero que yo sentía como si fuera una llamada. Algo privado y muy personal...

Me incorporé y en seguida noté como el aire fresco me llenaba de vida. Todo el bosque parecía estar en movimiento, vivo, como si los enormes y sabios árboles y demás plantas fueran parte de una danza desconocida para mí.

Empecé a vagar por el bosque, reparando en cada delicada flor, en cada grueso y fuerte árbol entrelazado en un abrazo junto con plantas de todas las formas y colores. Predominaba el verde, pero las flores le daban al bosque ese toque exótico con miles de tonalidades de amarillos, violetas, rojos, naranjas... Parecía un mundo fantástico y completamente irreal, pero espectacular.

Y entonces la vi.

La luz caía en ella de entre los árboles, envolviéndola en un suave halo que hacía que todos los colores y matices se mezclaran en una obra de arte corporal con la que la naturaleza me obsequió. El tiempo (si es que en ese lugar existía algo parecido a algo tan banal como el tiempo) se detuvo. Nada más existía, ni era digno de merecer una sola mirada, que esa visión, ni siquiera toda la belleza que la rodeaba le era comparable.

Entonces ocurrió. Mientras yo estaba allí contemplándola de pie, ella, sentada en una roca, se giró como adivinando que alguien la estaba observando, y me miró directamente a los ojos. Lo que vi me aterrorizó, pues nunca había visto nada que desprendiera más tristeza que esos pozos plateados sin fondo. Parecían espejos y yo me veía en ellos aunque estaba a unos cuantos pasos de distancia.

Lentamente fui acercándome a ella. Cada paso que daba me costaba horrores, pues sentía que algo me tiraba hacia ella, pero algo en mí me impedía echar a correr para abrazarla y decirle que la entendía, que yo había pasado por lo mismo, que aunque el mundo hubiera terminado, yo me quedaría con ella.

Estaba de pie detrás de ella. Me había dado la espalda en algún momento, pero yo no me había dado cuenta. Las gotas empezaron a caer como lágrimas una a una. El tiempo empezó a ponerse en marcha y todo el bosque empezó a diluirse en al principio despacio y cada vez más rápido, pues esas lagrimas se habían convertido en ríos de tristeza, que arrastraban todo lo que se les pusiera delante.

Sabía que había llegado la hora. Tenía que despedirme. Cerré los ojos y acerqué mi mano a su hombro. No llegué a rozarla. Abrí los ojos. Se había ido. Ella y el bosque. Estaba sola de nuevo en mitad de la calle. Recibí un empujón de otro transeúnte que corría a cumplir con su apretada agenda. Seguía lloviendo.

Sentía una gran pesadez en todo el cuerpo, pero aquella mirada y lo que vi en ella... Me estremecí y miré a mi alrededor. ¿Qué hacía yo ahí? Daba igual, el mundo me arrastró como la lluvia la había arrastrado a ella con el precioso bosque. La línea entre lo real y lo imaginario se hacia cada vez más difusa... Hasta que desapareció.

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